Pasa la vida tan deprisa que apenas da tiempo de parar un momento para hacer balance y cuando ese momento llega a veces nos paraliza el pánico.
Consciente de los muchos gatos y gatas que deambulan solos, siguiendo a esa señora que siempre va dos pasos por delante y que se llama Felicidad, os brindo este rincón del corazón gatuno.
Cuando un gato enloquece es porque detrás hay un humano que le transmite su locura.
Los gatos peleamos por el territorio, la comida o las gatas. Nuestro amor es una dulce lucha de regateos, huidas y encuentros. Los gatos no tomamos el té del desierto pero nuestra existencia es como ese ritual: suave como la vida, amarga como la muerte, dulce como el amor.
Hay hombres que matan lo que aman.
Nosotros huimos y si no podemos, ofrecemos nuestro cuello para que el rival sepa que la lucha ha terminado.
Fabi se despereza, se estira y quiere morder mis orejas. Pasamos el día jugando a perseguirnos, jugando a nuestra dulce guerra. No es una triste guerra.
Algunos humanos están locos y quieren transmitirnos su locura.
Cuando me miro en el espejo ya sé que no veo a otro gato. Pero lo que veo, tampoco soy yo. Lo que aparece es mi imitación, un clon de repetición que me devuelve la mirada. ¿Qué pensará de mi ese doble, condenado a repetirme del revés ?.
No soy un gato filósofo pero me intriga la cuestión. Si pudiera atravesar el cristal es posible que el mundo desapareciera hecho pedazos.
Miro el espejo y el pintor me mira con curiosidad y sonríe, de modo que hay un cruce de miradas doblado por el reflejo del espejo.
Y las miradas de los otros que se miraron antes, ¿donde están?, ¿Hay un lugar para las miradas perdidas?
Creo que para ser un gato, es demasiado pensar por hoy y es la hora de restregarme entre las piernas del humano.